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Como dice el título, esta liga es un auténtico manicomio.

El que crea que se va a pasear por esta categoría y que va a conseguir el ascenso sin sufrimiento, lo lleva claro. Este campeonato es lo más parecido a un psiquiátrico futbolístico. Cada semana asistimos a resultados incoherentes, marcadores inesperados y situaciones que, sobre el papel, escapan de toda lógica.

Obviamente, me centraré en el Grupo II de Primera RFEF, donde esta temporada compiten equipos históricos como el Real Zaragoza, Real Murcia, Hércules, Nàstic de Tarragona o SD Huesca. Clubes con pasado, tradición, miles de aficionados y, en algunos casos, muchos años de fútbol profesional a sus espaldas.

Y precisamente ahí está una de las grandes peculiaridades de esta categoría.

En estas primeras jornadas estamos comprobando que aquellos equipos que, sobre el papel, parecían destinados a ganar partidos casi sin bajarse del autobús —por haber sido campeones de Europa, haber levantado la Copa del Rey o haber competido durante años en Primera o Segunda División— están teniendo que sudar sangre, sudor y lágrimas para sacar adelante sus encuentros.

Porque enfrente tienen equipos que, probablemente, ni en el mejor de sus sueños imaginaban recibir algún día a clubes capaces de arrastrar a miles y miles de aficionados a campos con aforos mucho más modestos.

Y eso es precisamente lo maravilloso —y lo desesperante— de esta categoría.

Todo el mundo habla de la Liga Hypermotion, bautizada cariñosamente por muchos como la Liga Hipertensiones, porque cualquier partido puede convertirse en una montaña rusa. Pero, sinceramente, creo que la Primera RFEF no tiene absolutamente nada que envidiarle.

Aquí tampoco se puede dar un resultado por definitivo hasta que el árbitro pita el final.

Ser aficionado de uno de esos equipos considerados “favoritos” sobre el papel es tener prácticamente carta blanca para el sufrimiento. Es comprar un abono y recibir, de regalo, un máster acelerado en gestión de emociones.

Durante noventa y tantos minutos puedes pasar por todos los estados de ánimo posibles: alegría, euforia, preocupación, incredulidad, enfado, esperanza, desesperación… y vuelta a empezar.

Un gol puede cambiarlo absolutamente todo.

Puedes estar celebrando un 0-1 pensando que el partido está controlado y, cinco minutos después, encontrarte perdiendo 2-1 y preguntándote qué demonios está pasando. Y lo más curioso es que da igual la grandeza del rival o su supuesta endeblez.

Aquí nadie regala nada.

Esta es una categoría en la que perder dos partidos consecutivos puede hacer que pases de mirar hacia los puestos de playoff a empezar a echar cuentas para evitar el descenso.

Y da igual quién seas.

Puedes ser un recién ascendido disfrutando del premio a una temporada histórica. Puedes ser un descendido con la obligación de volver cuanto antes al fútbol profesional. Puedes ser un histórico acostumbrado a jugar en categorías superiores. Puedes ser un clásico de Primera RFEF. O puedes ser ese equipo de pueblo que está viviendo algo que, hasta hace poco, parecía imposible.

Todos pasan por el mismo quirófano.

Todos sufren.

Todos pueden ganar.

Y todos pueden perder contra cualquiera.

Porque en Primera RFEF el escudo pesa, la historia cuenta y la afición empuja, pero cuando empieza a rodar el balón, todo eso se queda fuera del terreno de juego.

Aquí no existen las victorias aseguradas.

Aquí no hay partidos sencillos.

Aquí puedes dominar durante ochenta minutos y acabar pidiendo la hora. Puedes ser claramente superior y marcharte de vacío. Puedes jugar peor que tu rival y ganar. Puedes marcar en el descuento. Puedes encajar en el descuento. Puedes remontar. Puedes dejarte remontar.

Y, por supuesto, puedes acabar el domingo pensando que tu equipo es candidato al ascenso y llegar al siguiente partido preguntándote si realmente está capacitado para mantenerse.

Eso es la Primera RFEF.

Una categoría en la que la lógica dura poco más que un balón dividido.

Una categoría en la que cualquier pronóstico puede saltar por los aires en cuestión de minutos.

Una categoría en la que los favoritos sufren, los modestos compiten y la clasificación puede cambiar radicalmente de una jornada a otra.

Así que ya saben: abróchense los cinturones, respiren hondo y, sobre todo, tengan el desfibrilador a mano.

Porque esto no es una liga.

Esto es un frenopático.