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AVISO: Todo lo que vas a leer es ficción. Víctor no existe. Los hechos aquí descritos no ocurrieron. Puedes seguir leyendo tranquilo.

Termina el partido. Empieza el verdadero post-partido.

La afición local saborea la victoria con la parsimonia de quien sabe que el momento hay que estirarlo. Enfrente, en un pequeño quesito del estadio, la afición visitante digiere una derrota que sabe a más: sabe a descenso, a Segunda RFEF, a ese abismo que algunos herculanos —desmemoriados o simplemente con ganas de elevar la mofa a otra dimensión— se encargan de recordarles en voz alta, con gestos, con cánticos.

La espera se hace larga. Vuelan palabras, provocaciones, escupitajos y algún que otro mechero. Entre la afición visitante hay de todo, como en botica: los que buscan la concordia, los que asumen la derrota con dignidad, y los que llevan desde primera hora de la mañana en Alicante buscando a sus homólogos locales, o simplemente posteando, que tanto da. Han llegado por sus propios medios, fuera de los circuitos controlados. La policía ya los ha identificado. Portan palos y algo más.

Víctor está feliz. Su equipo ha ganado, y encima a un gran rival. Con sus amigos recuerda jugadas, repasa gestos de la afición murcianista, saborea esas caras que solo se ven en los derbis perdidos. No es mal tipo Víctor, es simplemente herculano, y victorias así hay que apurarlas hasta el final.

Los alicantinos tienen fama de refinados, ya lo dice el dicho. Pero finos hay en todas partes. El fútbol, como las fiestas mayores, convoca a toda la sociedad: lo mejor y lo peor. Cuando los violentos empiezan a moverse, la policía no distingue ni atiende a razones. El cansancio, la experiencia y el conocimiento de lo que es capaz parte de esa «afición» empuja a los agentes a adoptar la estrategia más eficaz, la que mejor funciona: primero la porra, y después hablamos.

La vuelta a casa de Víctor le lleva a un descampado en penumbra, lejos de los focos del Rico Pérez, reconvertido cada día de partido en aparcamiento improvisado. Hoy es diferente. Entre los coches también los hay visitantes, y alguna furgoneta que no pertenece a la verdadera afición murcianista. Pertenece a los que llevan al estadio armas y odio, y los sacan cuando la oscuridad lo permite.

Todo ocurre muy rápido.

Sombras negras corriendo, alentadas por alguien con experiencia en este tipo de cazas. No distinguen entre ultras y aficionados de a pie: esa distinción no les interesa, no la necesitan. Víctor no tiene la suerte —o la velocidad— de sus amigos, que logran dejar atrás a sus cazadores.

Es uno solo contra una multitud. Eso no es una pelea. Eso es una cacería.

No hay misericordia. Los borregos negros golpean como si así acumulasen puntos en un ranking desvergonzado e irracional. Víctor cae al sueloy los demás siguen. Así funciona la cobardía organizada: necesita el número para disimular lo que es. Víctor cae. Los golpes no paran. Hasta que varios aficionados —locales y visitantes— y la policía, interviene y evitan que aquello acabe de otra manera.

Víctor no existe. Esta historia es ficción.

Pero esta semana, en los alrededores del Rico Pérez, varios radicales desplazados desde Murcia rodearon y golpearon a un único aficionado del Hércules hasta que otros le salvaron de una desgracia mayor.

Uno contra varios. En la oscuridad. Después de un partido de fútbol.

Eso sí ocurrió.