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Hércules

A veces, un solo hecho —un arbitraje desastroso, una decisión inexplicable— es suficiente para que todo salte por los aires. No porque lo explique todo, sino porque actúa como detonante. La derrota de ayer del Hércules CF frente al CE Sabadell (1-5) no es solo una derrota más ni únicamente tres puntos perdidos. Puede ser algo más profundo. Algo que va mucho más allá del marcador.

El Hércules sigue inmerso en una situación institucional extremadamente delicada. Eso no ha cambiado. El club arrastra demasiados años fuera del fútbol profesional y esa losa pesa cada temporada un poco más. La distancia no es solo deportiva, también estructural, emocional y, sobre todo, estratégica.

El máximo accionista continúa insistiendo en el mismo mensaje: el objetivo del Hércules es ascender y regresar al fútbol profesional. El discurso se repite año tras año. Pero una cosa son las palabras y otra muy distinta los hechos. Porque si realmente se quiere ascender, hay momentos en los que es necesario apostar de verdad.

Por un lado se habla de ambición, pero por otro se impone la cautela extrema. Se prioriza no invertir más de lo estrictamente necesario, se aplican presupuestos ajustados a la categoría y se huye de cualquier riesgo. Y aquí aparece uno de los grandes problemas: cuando ajustas tanto, te expones inevitablemente a los imprevistos.

Porque en un fútbol tan precario y tan ajustado como el que rodea al Hércules, basta con un arbitraje claramente desacertado, con decisiones incomprensibles en un estadio que fue mundialista, para arruinar una noche entera. Cuando no existe margen de error, cuando todo se calcula al milímetro, una actuación arbitral que condiciona el partido puede provocar que todo vuelva a saltar por los aires una vez más.

Es cierto que el Hércules compite en una categoría semiprofesional y también es justo recordar que el club estuvo al borde de la desaparición. La sostenibilidad es importante, sin duda. Pero la sostenibilidad sin ambición conduce al estancamiento.

En este sentido, resuenan todavía las palabras de Paquito Escudero en un foro con aficionados: “Si tu equipo baja, te jodes y te toca invertir más para volver a subir”. Una frase directa, incómoda, pero tremendamente realista. Y una referencia clara al máximo accionista, Enrique Ortiz.

La excusa habitual es que el máximo accionista solo pone el dinero. Sin embargo, los hechos recientes demuestran lo contrario. No existe una confianza plena en la dirección deportiva y la última palabra siempre la tiene la misma persona. El caso de Torrecilla es la prueba más evidente. Si no hay confianza en quien diseña el proyecto deportivo, ¿por qué se le mantiene? Esa contradicción resume a la perfección la complejidad —y la parálisis— que vive el Hércules.

En el plano deportivo, Beto Company había caído de pie en Alicante. Y hablo ya en pasado porque la derrota de ayer duele, escuece y deja huella. Si en la próxima visita a Murcia se repite un resultado negativo, su situación podría empezar a tambalearse. El famoso “efecto nuevo entrenador” quizá se agotó antes de lo esperado. Ojalá no sea así, pero las próximas semanas lo dirán.

Todo apunta a que el Hércules vuelve a repetir en este mercado de invierno la misma estrategia que en enero del año pasado. Una estrategia que resultó catastrófica. La búsqueda constante del chollo, de la ganga, de la oportunidad inesperada. En su día salieron bien casos concretos, pero no se puede vivir eternamente esperando que toque la lotería. Porque cuando no toca —que es lo habitual— el resultado es pasar años y años lejos del fútbol profesional.

Otros clubes, incluso dentro de la misma provincia, han sido capaces de romper ese techo de cristal. Han apostado, han arriesgado y han ascendido. El Hércules, en cambio, parece anclado, como si existiera un muro invisible e infranqueable que le impide dar el salto definitivo.

La última vez que el Hércules militó en el fútbol profesional fue en la temporada 2013-2014. Estamos en 2026. Trece años después, el club sigue esperando.

Y la gran pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo?

Porque el tiempo pasa, las palabras se repiten…

y los hechos siguen sin llegar.